Drogas y pobreza infantil

Silvio Orta Cabrera, El Tiempo,  9 de julio 2010.

El análisis científico del problema de las adicciones a sustancias ilegales, a las cuales  limitamos esta nota, apuntaló el  consenso  en cuanto al carácter plural  de su origen. Es multifactorial.

Se hallan en su base factores de orden individual, familiar o colectivo. En unos casos predominan los  psicológicos por sobre los sociológicos también actuantes. O a la inversa. No pueden descartarse los genéticos, ni los encuevados en vivencias traumáticas por  violencia psicológica o física; trato humillante y grosero, las palizas ‘correctivas’ o sádicas   propinadas  por padres,  madres, hermanos mayores y otras personas, familiares o no,  así como agresiones sexuales,  incluyendo violaciones.

La enfermedad de las dependencias se alimenta por raíces gruesas y profundas,  en sí mismas dañadas y dañinas,  que se insertan y cruzan por diversos suelos buenos para el crecimiento de lo malo, por terrenos donde imperan el desamor, la violencia y la muerte.  Aunque las dependencias se dan en otros ámbitos,  es visible, y demostrado está, que  los suelos de la pobreza, la miseria y la pobreza extrema  están entre los más agostados por las malas yerbas.

De allí el estremecimiento que en las gentes preocupadas por el problema de las adicciones y las dependencias, provoca el conocimiento de los niveles de pobreza existentes entre los niños de América Latina, incluida la Venezuela de los mil millones de dólares de fácil ingreso y desaforado egreso en estos once años. 

Elevados resultan esos niveles sea que las cuentas las saque la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) o la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) o el venezolano Instituto Nacional de Estadísticas (INE) que a a juro y con Eljuri manipula un distinto concepto de pobreza y ha urdido una distinta metodología de medición y de elaboración de estadísticas.

Según Cepal y Unicef, entre 2008 y 2009 un 45% de la población infantil de América Latina y el Caribe  vivía en la pobreza. Son 80,8 millones de seres entre los 0 y 7 años, suma  espantosa –en verdad una total resta de oportunidades para realmente vivir–, a la se agregan  32,2 millones medio muertos en la asfixia de la pobreza extrema.  Para Venezuela, se señalan en pobreza un 36,7%, es decir 3,5 millones de niños,  más  2,4 millones  en la miseria y 1,6 millones en   pobreza extrema. 

Arrastrándolos no por los cabellos, sino por sus asas,  al son del blablabá encadenado de la soberanía alimentaria, contrastemos a esa tragedia infantil y  la significación material y ética de los más de 2.800 contenedores y  80 mil toneladas de alimentos ‘no conformes’ con lo que el 5 de julio de 1811 se proponían hacer con el país los constituyentes originarios, que nunca fue podrirlo. Así se entenderá mejor por cuánto deben  multiplicar sus esfuerzos quienes afrontan casi sin recursos y lejos del cebo politiquero los daños de las adicciones  a sustancias ilegales, potenciados por el  caldo de cultivo de la pobreza infantil. Todo  sometido al frío inhumano de las momias indiferentes, y al calor infernal de la ineptitud y corrupción gubernamentales.